Bienvenido, Caminante, que en tu deambular llegas a mi casa. Acomódate, descansa, y si en algún momento sientes el Amor de Nuestro Señor Jesucristo llenando plácidamente tu alma, sabrás que ha llegado el momento de tomar la medicación que te prescribió el psiquiatra.

POST MORTEM

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lunes, 15 de diciembre de 2008

No se hizo la miel para la boca del burro.


Entramos en la política participativa como quien penetra un denso banco de niebla, a tres décadas ya de distancia. El humo de la demagogia, la sombra amenazante del nosferatu pasado, los codos con codos frente a las primeras pancartas bajo un sol recién estrenado, las primeras elecciones, siempre al son acuciante del sí o no sin paliativos, sin vuelta atrás, sin opción a leer la letra pequeña. Que si Alemania lo tiene, es porque es bueno. Y no digamos de Francia. Aunque Italia siempre me siembra la duda.


Así, nos hemos venido desenvolviendo ante el “vuelva usted mañana” de los distintos gobiernos que nos han desgobernado a conciencia. Pero, eso sí, con un tacto exquisito, un respeto intachable. Apenas una tenue neblina queda de la opacidad de los 80. Ya podemos –si queremos- prever lo que viene, evitar los obstáculos y optar por los atajos más solventes, ahora que cada cual está en el lugar que le corresponde y hemos aprendido los términos del argot político al uso.


Un Título tan Octavo como Enrique, regio, recio, rancio, origen de la orgía forzosa que nos pone a cuatro patas unos contra otros para darnos contra natura sin poder decir ésta minga es mía. Porque a saber de quién es ésta, y ésta, y ésta otra, que ya ni lágrimas me quedan. Que de rechinar los dientes masticamos polvo de marfil.


Cuánto me acuerdo de ti, ahora el más viejo de mis amigos, tan viejo que sólo tus certeros augurios quedan ya en este mundo. Qué no se perdió al morir el sextante infalible de tu memoria, marcando la dirección correcta que, entonces, tanto me costó creer. Cómo querría hablar de ti sin delatarme, siendo como has sido uno de los pocos gladiadores socialistas que han pisado este circo.


Qué organización. De qué territorio. De qué Estado. De qué tótem estamos hablando. Por mandato de uso, el dedo índice se está alargando más que el corazón. Qué mísera diferencia nos distingue ahora del enfermo físico y mental que nos tuvo en cuarentena. ¿La ridícula e insultante pecera donde evacuamos periódicamente nuestra responsabilidad como ciudadanos, como seres humanos? No es suficiente. En realidad, es insignificante.


El Sistema criba a los mejores y los deja en la cuneta, mientras los octopus indeseables escalan hacia la cima. Las listas electorales lo son de individuos e individuas en muchos casos de aptitudes deleznables, de demostrada incompetencia, de nula capacidad de servicio público, de evidentes prácticas de autoabastecimiento cortijero. Son las listas de los listos que, a través de la intriga en cada uno de sus partidos, logran meter sus nombres en el bombo de la lotería política, a la espera del gordo o la pedrea que, de una u otra forma, les asegure sueldo y prebendas por cuatro años. Y se cuentan por miles de estos pequeños vampiros. El Sistema culmina su eucaristía democrática concejalizando a estas remorillas y distribuyéndolas por los miles de municipios del Estado en forma de tenientes del alcalde de tal y cual.


En mi pueblo, cuando alguien se hace el sordo suele decirse que está “teniente”. Igual la cosa viene de ahí.


Así, el Municipio “consagrado” se ha convertido, vía desarrollo legislativo del Título VIII de nuestra prostituida Constitución, en un enjambre de reinos de taifas donde las remorillas imparten pan y justicia en condiciones de auténtico descontrol, una vez conseguidas las cuotas de autonomía que “iban” a hacer de los ayuntamientos el auténtico órgano participativo de la ciudadanía, en primera persona. Y una mierda.


A estas alturas, cualquiera que, con conocimiento de causa, defienda que la descentralización y concesión de autonomía a las administraciones locales “agiliza” y torna más efectiva la prestación de servicios a los ciudadanos, o miente como un bellaco, o se está llevando a la boca un cucharón así de grande, a rebosar de pastel.


Como es usual decir hoy en día, “Marbella somos todos”. Y lo somos porque mientras que un ayuntamiento tenga poder legal para recalificar un suelo, el peligro es inminente. El suelo que pisamos es algo muy serio, es una fuente inagotable de riqueza y de pobreza, sobre él están construidas las casas que habitamos y albergan los servicios que nos son imprescindibles. Contienen llanuras, montañas, ríos, simas y bosques. Los ayuntamientos han aprendido mucho y rápido, la ley les ampara, y han encontrado mil y un caminos y vericuetos para quitar y poner a su antojo, para elegir impunemente qué normativa interesa cumplir a rajatabla y cual consideramos de “observancia optativa”.


La información púbica suele pasarse por ahí, por el mismísimo pubis de los mandantes, que te informan que para los descontentos y obsesos de la justicia están los abogados y procuradores. Así que ahí llevas, ésto es lo que hay y tienes dos meses “recurrir”. ¿Recurrir a qué? ¿a las armas? ¿a quemarme a lo bonzo de pura desesperación?


El resultado puede ilustrarse con miles de ejemplos. No puede considerarse que el Sistema funcione por el simple hecho de que algunas docenas de concejales y alcaldes hayan sido destituidos y encarcelados por delitos urbanísticos. La realidad es que este hecho es la punta de un inimaginable iceberg, el mismo que nos ha catalogado ante Europa como “caso aparte” en la crisis económica generalizada. La nuestra denota un valor añadido, Spain is different, una vez más.


Quién necesita activos tóxicos teniendo el mundo a un tiro de decreto de alcalde electo, en un país de fábula donde al Estado le han dejado la competencia exclusiva sobre el diseño de los uniformes de las fuerzas de seguridad. Y gracias.

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